Hoy es sábado. Esta tarde hablé con mi amiga F y comentábamos sobre nuestra admiración por una banda musical, Beirut, que fue introducida en mi mundo gracias a ella. Le decía que tengo una tendencia (o una costumbre, mas como un hábito adquirido) de asociar momentos de mi vida a ciertos discos, como tantas personas. Creo que le da espesor a mis sentimientos, un acompañamiento estético para visualizar los clips de mi acontecer. Y clásicos, nuevos y cualquier estilo es válido. Justamente estoy viviendo este momento especial, para el cual llegó Beirut a llenar el blank que otras bandas no pudieron hacer. ¡Y con creces! por su concepto visual - musical, en fin, es un todo melódico que se volvió adicción, armonía y la fijación artística de la semana. Enjoy.
domingo, abril 27, 2008
sábado, abril 26, 2008
La mezcla perfecta (fragmento)
La cosa viene de planteos, al menos así lo siento hoy. Lloro como una nena sola en la oscuridad, como la nena solitaria que siempre fui. Supongo que en el fondo de mi alma sigo siendo esa misma persona, y sigo en las mismas por que así me gusta estar. Es más cómodo, no? Digo, estar en este lugar en el cual puedo estar mal y vale todo. Y yo solo sé ser lo que soy. Decía que lloro… en gran parte sé que tiene que ver con esto; en gran parte sé. Pero en realidad no sé. Cuando digo que lo sé, pienso en que mi vida estuvo signada a ser lo que es hoy y que, deudora de diversas y absurdas situaciones que acontecieron a lo largo de generaciones de mi familia, estoy llorando porque así está escrito en mi destino, aunque no creo en eso. Pero pensar que existe algo más allá, que imprime sus huellas sobre las mías, afuera, adelante, atrás, donde y cuando fuere, es algo reconfortante y perturbador. La mezcla perfecta para mí.
Feeling lonely but much better
Should be a song about love, but can't make it these days.
Just keeping in touch, staying alive, or so they say.
Just keeping in touch, staying alive, or so they say.
miércoles, febrero 06, 2008
“Do not mistake coincidence for fate”
A menudo nos encontramos perdidos en una tormenta de duda. Lo que nos parece que transcurre en el presente simultáneamente se vuelve futuro y ocurre en el pasado. Algo así sentimos cuando tenemos visiones de un momento se que sabe vivido, se cree vivido, pero se entiende ficticio en el presente, o real en el futuro.
No confundir coincidencia con destino, o algo similar. Eso implica un trabajo personal arduo que nos puede arrastrar a enfrentarnos con lo más profundo de nuestro ser. Una bisagra que separa nuestra vida: ¿coincidencia o destino? No puede decirse que la respuesta es evidente porque, creo, no la hay.
Una alfombra roja y un dedo índice señalándola con decisión; una frase expresada con mucho rigor. “No muevas la alfombra de lugar”, me dijo. Una voz que reconocí al instante, aún cuando la escuché en mis sueños. Era mi papá. Un tanto más joven, un tanto – o mucho más – inexperto, inmaduro, impaciente. Una voz que conseguía adormecerme plácidamente o ponerme la piel de gallina ante la inminencia de un reto bien merecido. El lugar: una puerta de vidrio, una escalera contigua y un solo dedo que remarcaba el mandato paternal: “no muevas la alfombra de lugar”.
Como sucede cuando la vigilia se entremezcla con el sueño, todo era muy difuso. El primer plano onírico solo mostraba la alfombra, el dedo, la indicación; la voz en off era de mi viejo, eso estaba claro. A veces pierdo la noción de realidad y sueño, el pasado y el futuro, ya lo dije. Y es ahí cuando la materialidad de ese sueño en particular cambia de soporte y se transforma en postal de déja vú. Y generalmente me pasa de día y cuando menos lo espero. En aquella oportunidad, la alfombra roja, el dedo, la voz… todo sucedió como si lo hubiera estado esperando; pasando de sueño a resto diurno, al ‘ya fue visto’, a una sensación extraña que me encontraba ante esa misma puerta, pero muchos años después y me enfrentaba con esa alfombra roja.
Todo sucedió en un instante. De repente sentí que mi cabeza se abría y lo que estaba viviendo ya lo había experimentado en otro tiempo de mi vida. No puedo decir con certeza si fue cuando tenía 15 años, quizá un poco antes o más tarde, pero iba camino al nuevo negocio que mi familia emprendía, con mucho esfuerzo, sacrificio y los únicos ahorros que acopiábamos en años. Mi padre había tomado una determinación por toda la familia, una decisión que años después lamentaríamos todos, no sin un dejo de nostalgia por los buenos momentos que siempre trae aparejado lo malo, esto de los buenos sabores de la mano con sinsabores. Entonces, decía, mi viejo compró un local e instaló una parrilla-restaurante. Supongo que la intención de seguir con la tradición gastronómica de mi abuelo corría por las venas de mi padre, aún cuando a ningún integrante de la familia le interesaba mucho el rubro.
Una tarde, una noche, un día cualquiera. Yo estaba en plena rebeldía adolescente; mis padres me resultaban, cuanto menos, insoportables. Dirimían sus problemas monetarios a través de una muy enquilombada separación, con sus hijos de por medio. Toda mi vida se circunscribía a ir al colegio, estudiar de vez en cuando y salir a “vagar” con mis amigos de turno. Salir, salir mucho. Tomar. Fumar. Caminar las calles, andarlas y desandarlas en bicicleta. Correrlas cuando hacía falta. Y mientras todo esto pasaba, en la otra cara de mi vida, pasaban cosas tristes, oscuras, muy familiares. El desencanto del mundo de emociones casi adulto al que me acercaba cada vez más. Y una decepción: saberme depositaria de la nueva faceta que ofrecía mi padre, ausente, alejado, forzosamente alejado. El pasaje de una irrealidad y la fantasía de una familia inocente, tierna, modelo, a una repleta de conflictos y malestares. Y fue por ese entonces cuando se abrió el cielo de mi mente y llegó como rayo. Entrábamos juntos, mi padre y yo, al local. Subimos los dos o tres escalones que conformaban la “escalera de entrada” y ahí la vi: la alfombra roja. La alfombra roja de mis sueños, de mis pesadillas, de mi déja vú, de mi futuro, de ese momento. La que me perseguiría por muchos años más, o la que quizá perseguí yo sin darme cuenta. Y otra vez la voz salomónica y el dedo acusador: “no muevas la alfombra de lugar”. La severidad del tono, que anteriormente me asustaba de pequeña, ahora, ahí, hoy, me corregía de mayor, me recordaba mis raíces vinculadas a las reglas, los límites, el deber ser y la cordura. La ‘buena moral’. Los ‘hombres de uniforme’ de mi vida.
Muchas veces escuché que la memoria engaña y nos hace creer que ciertos hechos u episodios fueron verdaderos, que en verdad ocurrieron. Yo creo que ocurrieron. Ocurrieron en mi mente, pero allí estuvieron. Y en mi pasado, entonces, existieron. Y a veces suceden en mi vida, en mi realidad, por lo tanto, son. Y son verdaderos.
De esto pasó ya mucho tiempo pero no logro olvidarlo. Caminaba velozmente por una calle de Buenos Aires, en otro tiempo, ya adulta, otra persona. Llegaba tarde, como de costumbre, a una entrevista laboral. El tiempo apremiaba, no podía frenar por un segundo. No queda bien llegar tarde a una entrevista, no, de ninguna manera, pensaba. De repente, como salido de mi otro yo atemporal, me encuentro subiendo unos escalones y allí la vi. Era la alfombra roja, una vez más acechando mis pensamientos. Mis miedos más reprimidos y menos expresados se manifestaron repentinamente y la voz se escuchó una vez más, una ¿última? vez: “no muevas la alfombra de lugar”. Los sentimientos que afloraron en ese instante quedaron sepultados en ese flashback de toda mi vida.
Estaba en camino a lo que consideraba la gran oportunidad laboral de mi –hasta entonces- corta vida. Aún hoy sigo pensando en qué hubiera pasado si hubiera pasado esa puerta, si no me hubiera paralizado, si no me hubiera vuelto atrás y huido hasta perderme entre la multitud. Y me cuestiono una sola cosa: no haber movido esa alfombra roja.
No confundir coincidencia con destino, o algo similar. Eso implica un trabajo personal arduo que nos puede arrastrar a enfrentarnos con lo más profundo de nuestro ser. Una bisagra que separa nuestra vida: ¿coincidencia o destino? No puede decirse que la respuesta es evidente porque, creo, no la hay.
Una alfombra roja y un dedo índice señalándola con decisión; una frase expresada con mucho rigor. “No muevas la alfombra de lugar”, me dijo. Una voz que reconocí al instante, aún cuando la escuché en mis sueños. Era mi papá. Un tanto más joven, un tanto – o mucho más – inexperto, inmaduro, impaciente. Una voz que conseguía adormecerme plácidamente o ponerme la piel de gallina ante la inminencia de un reto bien merecido. El lugar: una puerta de vidrio, una escalera contigua y un solo dedo que remarcaba el mandato paternal: “no muevas la alfombra de lugar”.
Como sucede cuando la vigilia se entremezcla con el sueño, todo era muy difuso. El primer plano onírico solo mostraba la alfombra, el dedo, la indicación; la voz en off era de mi viejo, eso estaba claro. A veces pierdo la noción de realidad y sueño, el pasado y el futuro, ya lo dije. Y es ahí cuando la materialidad de ese sueño en particular cambia de soporte y se transforma en postal de déja vú. Y generalmente me pasa de día y cuando menos lo espero. En aquella oportunidad, la alfombra roja, el dedo, la voz… todo sucedió como si lo hubiera estado esperando; pasando de sueño a resto diurno, al ‘ya fue visto’, a una sensación extraña que me encontraba ante esa misma puerta, pero muchos años después y me enfrentaba con esa alfombra roja.
Todo sucedió en un instante. De repente sentí que mi cabeza se abría y lo que estaba viviendo ya lo había experimentado en otro tiempo de mi vida. No puedo decir con certeza si fue cuando tenía 15 años, quizá un poco antes o más tarde, pero iba camino al nuevo negocio que mi familia emprendía, con mucho esfuerzo, sacrificio y los únicos ahorros que acopiábamos en años. Mi padre había tomado una determinación por toda la familia, una decisión que años después lamentaríamos todos, no sin un dejo de nostalgia por los buenos momentos que siempre trae aparejado lo malo, esto de los buenos sabores de la mano con sinsabores. Entonces, decía, mi viejo compró un local e instaló una parrilla-restaurante. Supongo que la intención de seguir con la tradición gastronómica de mi abuelo corría por las venas de mi padre, aún cuando a ningún integrante de la familia le interesaba mucho el rubro.
Una tarde, una noche, un día cualquiera. Yo estaba en plena rebeldía adolescente; mis padres me resultaban, cuanto menos, insoportables. Dirimían sus problemas monetarios a través de una muy enquilombada separación, con sus hijos de por medio. Toda mi vida se circunscribía a ir al colegio, estudiar de vez en cuando y salir a “vagar” con mis amigos de turno. Salir, salir mucho. Tomar. Fumar. Caminar las calles, andarlas y desandarlas en bicicleta. Correrlas cuando hacía falta. Y mientras todo esto pasaba, en la otra cara de mi vida, pasaban cosas tristes, oscuras, muy familiares. El desencanto del mundo de emociones casi adulto al que me acercaba cada vez más. Y una decepción: saberme depositaria de la nueva faceta que ofrecía mi padre, ausente, alejado, forzosamente alejado. El pasaje de una irrealidad y la fantasía de una familia inocente, tierna, modelo, a una repleta de conflictos y malestares. Y fue por ese entonces cuando se abrió el cielo de mi mente y llegó como rayo. Entrábamos juntos, mi padre y yo, al local. Subimos los dos o tres escalones que conformaban la “escalera de entrada” y ahí la vi: la alfombra roja. La alfombra roja de mis sueños, de mis pesadillas, de mi déja vú, de mi futuro, de ese momento. La que me perseguiría por muchos años más, o la que quizá perseguí yo sin darme cuenta. Y otra vez la voz salomónica y el dedo acusador: “no muevas la alfombra de lugar”. La severidad del tono, que anteriormente me asustaba de pequeña, ahora, ahí, hoy, me corregía de mayor, me recordaba mis raíces vinculadas a las reglas, los límites, el deber ser y la cordura. La ‘buena moral’. Los ‘hombres de uniforme’ de mi vida.
Muchas veces escuché que la memoria engaña y nos hace creer que ciertos hechos u episodios fueron verdaderos, que en verdad ocurrieron. Yo creo que ocurrieron. Ocurrieron en mi mente, pero allí estuvieron. Y en mi pasado, entonces, existieron. Y a veces suceden en mi vida, en mi realidad, por lo tanto, son. Y son verdaderos.
De esto pasó ya mucho tiempo pero no logro olvidarlo. Caminaba velozmente por una calle de Buenos Aires, en otro tiempo, ya adulta, otra persona. Llegaba tarde, como de costumbre, a una entrevista laboral. El tiempo apremiaba, no podía frenar por un segundo. No queda bien llegar tarde a una entrevista, no, de ninguna manera, pensaba. De repente, como salido de mi otro yo atemporal, me encuentro subiendo unos escalones y allí la vi. Era la alfombra roja, una vez más acechando mis pensamientos. Mis miedos más reprimidos y menos expresados se manifestaron repentinamente y la voz se escuchó una vez más, una ¿última? vez: “no muevas la alfombra de lugar”. Los sentimientos que afloraron en ese instante quedaron sepultados en ese flashback de toda mi vida.
Estaba en camino a lo que consideraba la gran oportunidad laboral de mi –hasta entonces- corta vida. Aún hoy sigo pensando en qué hubiera pasado si hubiera pasado esa puerta, si no me hubiera paralizado, si no me hubiera vuelto atrás y huido hasta perderme entre la multitud. Y me cuestiono una sola cosa: no haber movido esa alfombra roja.
jueves, enero 31, 2008
Hot kiss
Este es el primer posteo de este happy new year! Y como para empezar el 2008 a pleno, elegí este video que vi por Youtube, que rockea a full y esa es la actitud!!!
domingo, noviembre 04, 2007
It's a new dawn, a new day, a new life
Feeling good
Birds flying high
You know how I feel
Sun in the sky
You know how I feel
Reeds driftin' on by
You know how I feel
It's a new dawn
It's a new day
It's a new life
For me
And I'm feeling good
Fish in the sea
You know how I feel
River running free
You know how I feel
Blossom in the tree
You know how I feel
It's a new dawn
It's a new day
It's a new life
For me
And I'm feeling good
Dragonfly out in the sun you know what I mean, don't you know
Butterflies all havin' fun you know what I mean
Sleep in peace when the day is done
And this old world is a new world
And a bold world
For me
Stars when you shine
You know how I feel
Scent of the pine
You know how I feel
Yeah freedom is mine
And I know how I feel
It's a new dawn
It's a new day
It's a new life
For me
And I'm feeling good
viernes, octubre 26, 2007
Monty Python
Qué sería del humor absurdo sin el circo ambulante de los Monty Python...
Encontré esto en un blog:
"Graham Chapman, miembro fundador de los Monty Python, Brian en La vida de Brian, falleció en 1989 con 48 años. Dos meses después se celebró un funeral alternativo que comenzó con un discurso de Michael Pallin y finalizó con una emotiva interpretación coral [minuto 2] de la única canción posible. Una ceremonia que, como sus textos - a menudo escritos a cuatro manos con su inseparable compinche Pallin-, dinamita las convenciones sociales que gobiernan nuestras vidas. Un homenaje inolvidable para una de las primeras celebridades en confesar públicamente su homosexualidad".
- Ahora, el videíto, soberbio!
----------------------------------------------
- El discurso que ofreció su amigo y colega:
GRAHAM CHAPMAN'S MEMORIAL SPEECH
Delivered by John Cleese at his memorial service, Jan 1990
Graham Chapman, co-author of the 'Parrot Sketch,' is no more.
He has ceased to be, bereft of life, he rests in peace, he has kicked the bucket, hopped the twig, bit the dust, snuffed it, breathed his last, and gone to meet the Great Head of Light Entertainment in the sky, and I guess that we're all thinking how sad it is that a man of such talent, such capability and kindness, of such intelligence should now be so suddenly spirited away at the age of only forty-eight, before he'd achieved many of the things of which he was capable, and before he'd had enough fun.
Well, I feel that I should say, "Nonsense. Good riddance to him, the freeloading bastard! I hope he fries. "
And the reason I think I should say this is, he would never forgive me if I didn't, if I threw away this opportunity to shock you all on his behalf. Anything for him but mindless good taste. I could hear him whispering in my ear last night as I was writing this:
"Alright, Cleese, you're very proud of being the first person to ever say 'shit' on television. If this service is really for me, just for starters, I want you to be the first person ever at a British memorial service to say 'fuck'!"
You see, the trouble is, I can't. If he were here with me now I would probably have the courage, because he always emboldened me. But the truth is, I lack his balls, his splendid defiance. And so I'll have to content myself instead with saying 'Betty Mardsen...'
But bolder and less inhibited spirits than me follow today. Jones and Idle, Gilliam and Palin. Heaven knows what the next hour will bring in Graham's name. Trousers dropping, blasphemers on pogo sticks, spectacular displays of high-speed farting, synchronised incest. One of the four is planning to stuff a dead ocelot and a 1922 Remington typewriter up his own arse to the sound of the second movement of Elgar's cello concerto. And that's in the first half.
Because you see, Gray would have wanted it this way. Really. Anything for him but mindless good taste. And that's what I'll always remember about him---apart, of course, from his Olympian extravagance. He was the prince of bad taste. He loved to shock. In fact, Gray, more than anyone I knew, embodied and symbolised all that was most offensive and juvenile in Monty Python. And his delight in shocking people led him on to greater and greater feats. I like to think of him as the pioneering beacon that beat the path along which fainter spirits could follow.
Some memories. I remember writing the undertaker speech with him, and him suggesting the punch line, 'All right, we'll eat her, but if you feel bad about it afterwards, we'll dig a grave and you can throw up into it.' I remember discovering in 1969, when we wrote every day at the flat where Connie Booth and I lived, that he'd recently discovered the game of printing four-letter words on neat little squares of paper, and then quietly placing them at strategic points around our flat, forcing Connie and me into frantic last minute paper chases whenever we were expecting important guests.
I remember him at BBC parties crawling around on all fours, rubbing himself affectionately against the legs of gray-suited executives, and delicately nibbling the more appetizing female calves. Mrs. Eric Morecambe remembers that too.
I remember his being invited to speak at the Oxford union, and entering the chamber dressed as a carrot---a full length orange tapering costume with a large, bright green sprig as a hat----and then, when his turn came to speak, refusing to do so. He just stood there, literally speechless, for twenty minutes, smiling beatifically. The only time in world history that a totally silent man has succeeded in inciting a riot.
I remember Graham receiving a Sun newspaper TV award from Reggie Maudling. Who else! And taking the trophy falling to the ground and crawling all the way back to his table, screaming loudly, as loudly as he could. And if you remember Gray, that was very loud indeed.
It is magnificent, isn't it? You see, the thing about shock... is not that it upsets some people, I think; I think that it gives others a momentary joy of liberation, as we realised in that instant that the social rules that constrict our lives so terribly are not actually very important.
Well, Gray can't do that for us anymore. He's gone. He is an ex-Chapman. All we have of him now is our memories. But it will be some time before they fade.
-------------------------------------------------------------
- La letra de la canción:
“¡Always look at the bright side of life!”
Some things in life are bad
They can really make you mad
Other things just make you swear and curse.
When you’re chewing on life’s gristle
Don’t grumble, give a whistle
And this’ll help things turn out for the best…
And…always look on the bright side of life…
Always look on the light side of life…
For life is quite absurd
And death’s the final word
You must always face the curtain with a bow.
Forget about your sin - give the audience a grin
Enjoy it - it’s your last chance anyhow.
So always look on the bright side of death
Just before you draw your terminal breath
Life’s a piece of shit
When you look at it
Life’s a laugh and death’s a joke, it’s true.
You’ll see it’s all a show
Keep ‘em laughing as you go
Just remember that the last laugh is on you.
And always look on the bright side of life…
Always look on the right side of life…
--------------------------------------------------
- Otros videítos impresionantes!! ¿sabían que el término SPAM del correo basura proviene de ellos?
Otro:
no termino de decidir cuáles son los mejores:
last one
Encontré esto en un blog:
"Graham Chapman, miembro fundador de los Monty Python, Brian en La vida de Brian, falleció en 1989 con 48 años. Dos meses después se celebró un funeral alternativo que comenzó con un discurso de Michael Pallin y finalizó con una emotiva interpretación coral [minuto 2] de la única canción posible. Una ceremonia que, como sus textos - a menudo escritos a cuatro manos con su inseparable compinche Pallin-, dinamita las convenciones sociales que gobiernan nuestras vidas. Un homenaje inolvidable para una de las primeras celebridades en confesar públicamente su homosexualidad".
- Ahora, el videíto, soberbio!
----------------------------------------------
- El discurso que ofreció su amigo y colega:
GRAHAM CHAPMAN'S MEMORIAL SPEECH
Delivered by John Cleese at his memorial service, Jan 1990
Graham Chapman, co-author of the 'Parrot Sketch,' is no more.
He has ceased to be, bereft of life, he rests in peace, he has kicked the bucket, hopped the twig, bit the dust, snuffed it, breathed his last, and gone to meet the Great Head of Light Entertainment in the sky, and I guess that we're all thinking how sad it is that a man of such talent, such capability and kindness, of such intelligence should now be so suddenly spirited away at the age of only forty-eight, before he'd achieved many of the things of which he was capable, and before he'd had enough fun.
Well, I feel that I should say, "Nonsense. Good riddance to him, the freeloading bastard! I hope he fries. "
And the reason I think I should say this is, he would never forgive me if I didn't, if I threw away this opportunity to shock you all on his behalf. Anything for him but mindless good taste. I could hear him whispering in my ear last night as I was writing this:
"Alright, Cleese, you're very proud of being the first person to ever say 'shit' on television. If this service is really for me, just for starters, I want you to be the first person ever at a British memorial service to say 'fuck'!"
You see, the trouble is, I can't. If he were here with me now I would probably have the courage, because he always emboldened me. But the truth is, I lack his balls, his splendid defiance. And so I'll have to content myself instead with saying 'Betty Mardsen...'
But bolder and less inhibited spirits than me follow today. Jones and Idle, Gilliam and Palin. Heaven knows what the next hour will bring in Graham's name. Trousers dropping, blasphemers on pogo sticks, spectacular displays of high-speed farting, synchronised incest. One of the four is planning to stuff a dead ocelot and a 1922 Remington typewriter up his own arse to the sound of the second movement of Elgar's cello concerto. And that's in the first half.
Because you see, Gray would have wanted it this way. Really. Anything for him but mindless good taste. And that's what I'll always remember about him---apart, of course, from his Olympian extravagance. He was the prince of bad taste. He loved to shock. In fact, Gray, more than anyone I knew, embodied and symbolised all that was most offensive and juvenile in Monty Python. And his delight in shocking people led him on to greater and greater feats. I like to think of him as the pioneering beacon that beat the path along which fainter spirits could follow.
Some memories. I remember writing the undertaker speech with him, and him suggesting the punch line, 'All right, we'll eat her, but if you feel bad about it afterwards, we'll dig a grave and you can throw up into it.' I remember discovering in 1969, when we wrote every day at the flat where Connie Booth and I lived, that he'd recently discovered the game of printing four-letter words on neat little squares of paper, and then quietly placing them at strategic points around our flat, forcing Connie and me into frantic last minute paper chases whenever we were expecting important guests.
I remember him at BBC parties crawling around on all fours, rubbing himself affectionately against the legs of gray-suited executives, and delicately nibbling the more appetizing female calves. Mrs. Eric Morecambe remembers that too.
I remember his being invited to speak at the Oxford union, and entering the chamber dressed as a carrot---a full length orange tapering costume with a large, bright green sprig as a hat----and then, when his turn came to speak, refusing to do so. He just stood there, literally speechless, for twenty minutes, smiling beatifically. The only time in world history that a totally silent man has succeeded in inciting a riot.
I remember Graham receiving a Sun newspaper TV award from Reggie Maudling. Who else! And taking the trophy falling to the ground and crawling all the way back to his table, screaming loudly, as loudly as he could. And if you remember Gray, that was very loud indeed.
It is magnificent, isn't it? You see, the thing about shock... is not that it upsets some people, I think; I think that it gives others a momentary joy of liberation, as we realised in that instant that the social rules that constrict our lives so terribly are not actually very important.
Well, Gray can't do that for us anymore. He's gone. He is an ex-Chapman. All we have of him now is our memories. But it will be some time before they fade.
-------------------------------------------------------------
- La letra de la canción:
“¡Always look at the bright side of life!”
Some things in life are bad
They can really make you mad
Other things just make you swear and curse.
When you’re chewing on life’s gristle
Don’t grumble, give a whistle
And this’ll help things turn out for the best…
And…always look on the bright side of life…
Always look on the light side of life…
For life is quite absurd
And death’s the final word
You must always face the curtain with a bow.
Forget about your sin - give the audience a grin
Enjoy it - it’s your last chance anyhow.
So always look on the bright side of death
Just before you draw your terminal breath
Life’s a piece of shit
When you look at it
Life’s a laugh and death’s a joke, it’s true.
You’ll see it’s all a show
Keep ‘em laughing as you go
Just remember that the last laugh is on you.
And always look on the bright side of life…
Always look on the right side of life…
--------------------------------------------------
- Otros videítos impresionantes!! ¿sabían que el término SPAM del correo basura proviene de ellos?
Otro:
no termino de decidir cuáles son los mejores:
last one
jueves, octubre 25, 2007
Esa bruja
A continuación reproduzco una nota que disfruté:
En diciembre de 1980, María Elena Walsh y Sara Facio viajaron a Londres ("peregrinaron", dicen ellas) para entrevistar a una gran escritora poco conocida entonces en idioma castellano: Doris Lessing, una africana nacida en Irán expulsada de su Rodhesia natal (hoy Zimbabwe) por sus críticas al racismo, dueña de una obra definida como una constante búsqueda de la lucidez, autora de El cuaderno dorado, considerado durante décadas la biblia del feminismo, y militante de principios inclaudicables. Veintisiete años después, Lessing acaba de recibir el Premio Nobel de Literatura. Radar reproduce el reportaje nacido de aquel encuentro y fotos inéditas tomadas por Facio aquel día en Londres.
Doris Lessing x M. E. Walsh
Sin esmalte

Por Maria Elena Walsh
Si al subir los tres pisos de la casita hubiéramos divisado sillones forrados de cretona y mucama uniformada en lugar de espacios arrasados por huracán, mudanza y gitanismo, nos habríamos equivocado de escritora.
Si un gato no hubiera esperado en un rellano y, en el cuarto superior, en lugar de paredes desnudas, libros apilados, una cama de estudiante y una tabla sobre caballetes hubiéramos admirado muebles de caoba y estampas con escenas de cacería del zorro, una fisura habría desvirtuado la imagen previa de Doris Lessing, a quien creemos conocer al dedillo a través de su "doble", el personaje de Martha Quest.
Un blanco sol matinal es el único lujo del cuarto con balcón que da al "jardín" del fondo, donde no es pertinente buscar prolijos canteros ni rosales con apellido, sino una quinta semisalvaje, quizá llena de ocultas primicias cultivadas por la propia mano de la bruja.
–¿El veld?
–Ah sí, cómo no, es igual –ríe Lessing con cierta nostalgia. En sus libros nos ha familiarizado tan minuciosamente con el veld, el exagerado paisaje sudafricano, que acabamos por creer que allí vivimos alguna vez y que, exceptuando hormigueros gigantes, techos de palma y otros exotismos, de algún modo lo hemos incorporado, como la desmesura de nuestras pampas.
Una muchacha de sesenta años, de pelo y ojos grises, sin maquillaje ni fórmulas de cortesía, sencillamente vestida, una "mujer de trabajo", con algo de chacarera, mucho de madre refinada y una velada expresión de angustia: la que produce a los escritores que no hacen carrera la inminencia de un reportaje.
La visita debió ser disfrazada bajo ese rótulo, pero es más bien un peregrinaje hasta la gurú, la bruja dueña de una peculiar sabiduría, la descifrante de muchas claves del mundo contemporáneo al que ha intentado cambiar, empeñada en luchas de reformadora social.
Visitantes, admiradores, periodistas, suelen desvivirse por extraer de un autor la certificación de los datos autobiográficos incluidos en su obra. Pero esa curiosidad es reversible, y uno tiende a preguntarse, como Martha Quest frente a cierta literatura femenina llena de silencios, de secretos no develados:
–¿Qué puedo aprender sobre mi vida en este libro?
Con el mismo espíritu caníbal y narcisista, algunos querríamos saber cómo hizo un autor para retratarnos en personajes con los que no guardamos más afinidad que la raza (la humana) y el sexo (el segundo). Cómo se las arreglaron para que yo, distante lectora, sea Adriana Mesurat, o Ana Karenina, o Martha Quest.
Aunque sus criaturas sean fruto de geografías, épocas y culturas diferentes y ajenas, Doris Lessing me ha enseñado todo sobre mi propia vida, traduciendo los enigmas de la confusa identidad de las mujeres y proponiendo un itinerario, ¿adónde? Como ella lo dice: "No hay adonde ir, sino hacia adentro".
Visitarla, entonces, no significa sino una comprobación, una señal de alivio en medio de la orfandad en que suele sumirnos mucho papel impreso. Doris Lessing existe, está bien, vive en Londres ("porque es una ciudad que no causa demasiado estrés"), escribe sin pausa, por lo tanto no todo está perdido ni naufragamos en la obviedad.
El gato blanco y negro, que resultó gata y se llama Suzy, luego de una solemne indagación adopta a las visitas y facilita un diálogo que resultaría tedioso para personas no gateras. Es evidente que Lessing no agotó el tema en su encantador libro Particularly Cats.
Por él sabemos que entre los variados trajines de su vida tuvo tiempo de ser amiga íntima, guardiana, víctima, comadrona y además enfermera de numerosas familias gatunas.
–¿No se ha cansado de tener gatos?
–¡No, nunca!
Por los astutos ojos cruza una chispa de indignación ante pregunta tan estúpida, que es preciso reparar con el previsible pero sincero comentario:
–Suzy es muuuuy hermosa.
–No, no es tan hermosa como servicial. Hace poco vinieron de la TV alemana y ella posó y se colocó solita bajo los focos. Hay otros gatos en la casa, atigrados, desde aquí los veo cuando cazan en el jardín: pajaritos, lauchas... a veces me los suben hasta aquí para que admire la proeza, ¿se dan cuenta?
Su amor a los gatos representa predilección por los seres vivos, simétrica del desprecio manifestado de hecho por las cosas, por la fúnebre acumulación de objetos propia de un estilo de vida burgués. Si Lessing nunca fue como todo el mundo, tampoco se parece a la mayoría de los literatos, pero, eso sí, es coherente consigo misma, y su desdén por el orden convencional, la posesión y la apariencia no es sino síntoma de su indeclinable rebeldía.
Lessing pasaría el día hablando sólo de gatos, pero hay que abordar otros de sus temas capitales: las mujeres, los adolescentes, el racismo, el compromiso político, la doctrina sufí, las experiencias extrasensoriales, la ciencia-ficción.
–Su obra es una verdadera enciclopedia de las mujeres.
–Así es –reconoce con la sencilla satisfacción de una cocinera a quien le alaban el guiso de lenteja–, pero no, no participé de los movimientos feministas. No estoy en desacuerdo en general, pero nunca necesité integrarme a ellos para tomar conciencia. Para eso basta con indagar en los personajes femeninos de los grandes novelistas –Tolstoi, Stendhal– y, simplemente, mirar alrededor. Mi madre, por ejemplo –y conste que no la critico– fue todo un modelo de frustración, una vida desperdiciada. Sé que actualmente la situación es muy dura en muchos países donde las mujeres tienen que partir de cero, pero en Inglaterra vivimos una era posfeminista, las luchas iniciales se libraron hace mucho tiempo. Por otra parte, los problemas de la mujer se reducen a uno solo: la independencia económica, que se gane la vida con su trabajo.
Y también de eso Lessing sabe mucho. Adolescente, desertó de la modestísima chacra familiar y pidió trabajo en una oficina en Salisbury. "No tenía título ni de bachiller, pero cuando su madre le contó al jefe todos los libros que había leído Doris, la contrató inmediatamente", cuenta un testigo. Luego fue autodidacta en diversas habilidades, como taquígrafa y mecanógrafa. En el duro Londres de posguerra, ya separada, conciliaba el trabajo literario con la crianza de sus hijos y tareas de oficina por horas.
–Fui a la escuela sólo hasta los catorce años, no seguí estudios regulares. Al fin y al cabo, a los jóvenes se los atiborra de conocimientos inútiles, cuando en realidad lo único que necesitan aprender es matemática e idiomas. Es lo que más les haría falta para desenvolverse en el mundo en que vivimos, que es malo, y en el que viviremos, que sin duda será peor. Por otra parte, a veces me pregunto si los jóvenes se dan cuenta de una característica –que quizá no dure– de nuestra época: uno tiene al alcance de la mano cualquier libro que busque. Yo desgraciadamente no sé idiomas, además viajé muy poco, pero ahora me anoté en una academia del barrio y estoy estudiando ruso. Es simpático eso de volver a sentarse entre estudiantes, con pizarrón al frente y todo.
Es un tanto extraño que lo decida ahora, cuando hace rato que emigró del Partido Comunista, noviciado burocrático que ha descripto kafkianamente, sobre todo en Cerco de tierra.
–Fui militante comunista durante bastante tiempo, creo que por entonces los jóvenes progresistas en Sudáfrica no teníamos otra opción, pero a la larga y entre otras cosas me di cuenta de que el comunismo no ofrecía soluciones ni respuestas a una serie de inquietudes sin las cuales el ser humano resulta muy recortado. No, no es que ahora crea en una religión determinada, aunque suela recomendar la lectura de los libros sagrados de distintas religiones. Claro que sé muy bien hasta dónde, con el pretexto de la devoción, se practican siniestras maniobras represivas y retrógradas... los mulás, por ejemplo..., ¿saben qué es un mulá?
–¡Por supuesto! También sospechamos lo que es un ayatollah.
–En cambio me interesó, desde hace tiempo, en las diferentes vías de espiritualidad, de contemplación. ¿Ve? Todos estos son libros de sufismo.
(Misteriosamente intercalado entre ellos hay uno de Borges.)
A lo largo de su obra, y en especial en La ciudad de cuatro puertas (último tomo de Hijos de la violencia), cuenta experiencias que podríamos denominar, a la ligera, esotéricas. Entre otras cosas, atribuye a la concentración y a la telepatía propiedades terapéuticas para aliviar esos comportamientos anómalos caratulados como enfermedades mentales.
Quizá sólo lo irracional pueda salvarnos del caos irracional en que vivimos: prácticas místicas o extrasensoriales, telepatía, locura, mensajes oníricos.
En páginas hilarantes de El cuaderno dorado, Lessing ha bordeado el enloquecido mundo de la TV y el cine. Escribió alguna vez libretos para la BBC, y ahora está en proyecto una versión cinematográfica de Memorias de una sobreviviente, en Estados Unidos.
–Con Julie Christie como protagonista, ¿se dan cuenta? –comenta con horror por una elección que le parece desatinada–; pero en materia de cine un autor tiene que resignarse. Si trata de luchar, está perdido: cuanto más quiera intervenir para defender su obra, peor le irá. En eso sigo el consejo de un amigo: "Cobra tu dinero y sal corriendo".
Y Lessing, que al principio no parecía dispuesta a sacrificar demasiado tiempo en una entrevista que quizás hubiera sido ardua y breve sin la mediación de Suzy, coopera de pronto, con aire de abanicarse en el patio:
–¿De que más podríamos conversar?
Prometió en un libro que jamás tendría servidumbre, escarmentada por los abusos esclavistas cometidos en su Rhodesia. Y atiende el teléfono y el timbre, prepara café en su kitchenette, cose, hace jardinería y cuida personalmente el bolsillo ajeno: ha dado a las visitas complicadísimas instrucciones para llegar en subterráneo. Al fin no quiere despedirlas sin que conozcan a sus otros gatos, que se mantienen ausentes, pocos serviciales.
–¿No tiene quien la ayude? –pregunto.
–No..., abajo viven unos amigos, pero no tengo empleada ni ayudante ni secretaria ni copista ni agente literario ni nada.
–Pero quizá necesitaría de alguien que...
Lessing interrumpe y, sabiendo por experiencia que tal variedad de tareas sólo puede desempeñarlas una mujer, ni hablemos de la mujer de un escritor u otra celebridad masculina, afirma con travieso humor.
–Lo que necesitaría es "una esposa".

Esta entrevista, publicada en Buenos Aires en febrero de 1981 e incluida posteriormente en el libro Viajes y homenajes (Punto de Lectura) se reproduce por gentileza de la autora y de la editorial.
(Esa foto es del día que le anunciaron que la habían premiado con el Nobel de Literatura, la semana pasada. Gentileza: RADAR!)
En diciembre de 1980, María Elena Walsh y Sara Facio viajaron a Londres ("peregrinaron", dicen ellas) para entrevistar a una gran escritora poco conocida entonces en idioma castellano: Doris Lessing, una africana nacida en Irán expulsada de su Rodhesia natal (hoy Zimbabwe) por sus críticas al racismo, dueña de una obra definida como una constante búsqueda de la lucidez, autora de El cuaderno dorado, considerado durante décadas la biblia del feminismo, y militante de principios inclaudicables. Veintisiete años después, Lessing acaba de recibir el Premio Nobel de Literatura. Radar reproduce el reportaje nacido de aquel encuentro y fotos inéditas tomadas por Facio aquel día en Londres.
Doris Lessing x M. E. Walsh
Sin esmalte

Por Maria Elena Walsh
Si al subir los tres pisos de la casita hubiéramos divisado sillones forrados de cretona y mucama uniformada en lugar de espacios arrasados por huracán, mudanza y gitanismo, nos habríamos equivocado de escritora.
Si un gato no hubiera esperado en un rellano y, en el cuarto superior, en lugar de paredes desnudas, libros apilados, una cama de estudiante y una tabla sobre caballetes hubiéramos admirado muebles de caoba y estampas con escenas de cacería del zorro, una fisura habría desvirtuado la imagen previa de Doris Lessing, a quien creemos conocer al dedillo a través de su "doble", el personaje de Martha Quest.
Un blanco sol matinal es el único lujo del cuarto con balcón que da al "jardín" del fondo, donde no es pertinente buscar prolijos canteros ni rosales con apellido, sino una quinta semisalvaje, quizá llena de ocultas primicias cultivadas por la propia mano de la bruja.
–¿El veld?
–Ah sí, cómo no, es igual –ríe Lessing con cierta nostalgia. En sus libros nos ha familiarizado tan minuciosamente con el veld, el exagerado paisaje sudafricano, que acabamos por creer que allí vivimos alguna vez y que, exceptuando hormigueros gigantes, techos de palma y otros exotismos, de algún modo lo hemos incorporado, como la desmesura de nuestras pampas.
Una muchacha de sesenta años, de pelo y ojos grises, sin maquillaje ni fórmulas de cortesía, sencillamente vestida, una "mujer de trabajo", con algo de chacarera, mucho de madre refinada y una velada expresión de angustia: la que produce a los escritores que no hacen carrera la inminencia de un reportaje.
La visita debió ser disfrazada bajo ese rótulo, pero es más bien un peregrinaje hasta la gurú, la bruja dueña de una peculiar sabiduría, la descifrante de muchas claves del mundo contemporáneo al que ha intentado cambiar, empeñada en luchas de reformadora social.
Visitantes, admiradores, periodistas, suelen desvivirse por extraer de un autor la certificación de los datos autobiográficos incluidos en su obra. Pero esa curiosidad es reversible, y uno tiende a preguntarse, como Martha Quest frente a cierta literatura femenina llena de silencios, de secretos no develados:
–¿Qué puedo aprender sobre mi vida en este libro?
Con el mismo espíritu caníbal y narcisista, algunos querríamos saber cómo hizo un autor para retratarnos en personajes con los que no guardamos más afinidad que la raza (la humana) y el sexo (el segundo). Cómo se las arreglaron para que yo, distante lectora, sea Adriana Mesurat, o Ana Karenina, o Martha Quest.
Aunque sus criaturas sean fruto de geografías, épocas y culturas diferentes y ajenas, Doris Lessing me ha enseñado todo sobre mi propia vida, traduciendo los enigmas de la confusa identidad de las mujeres y proponiendo un itinerario, ¿adónde? Como ella lo dice: "No hay adonde ir, sino hacia adentro".
Visitarla, entonces, no significa sino una comprobación, una señal de alivio en medio de la orfandad en que suele sumirnos mucho papel impreso. Doris Lessing existe, está bien, vive en Londres ("porque es una ciudad que no causa demasiado estrés"), escribe sin pausa, por lo tanto no todo está perdido ni naufragamos en la obviedad.
El gato blanco y negro, que resultó gata y se llama Suzy, luego de una solemne indagación adopta a las visitas y facilita un diálogo que resultaría tedioso para personas no gateras. Es evidente que Lessing no agotó el tema en su encantador libro Particularly Cats.
Por él sabemos que entre los variados trajines de su vida tuvo tiempo de ser amiga íntima, guardiana, víctima, comadrona y además enfermera de numerosas familias gatunas.
–¿No se ha cansado de tener gatos?
–¡No, nunca!
Por los astutos ojos cruza una chispa de indignación ante pregunta tan estúpida, que es preciso reparar con el previsible pero sincero comentario:
–Suzy es muuuuy hermosa.
–No, no es tan hermosa como servicial. Hace poco vinieron de la TV alemana y ella posó y se colocó solita bajo los focos. Hay otros gatos en la casa, atigrados, desde aquí los veo cuando cazan en el jardín: pajaritos, lauchas... a veces me los suben hasta aquí para que admire la proeza, ¿se dan cuenta?
Su amor a los gatos representa predilección por los seres vivos, simétrica del desprecio manifestado de hecho por las cosas, por la fúnebre acumulación de objetos propia de un estilo de vida burgués. Si Lessing nunca fue como todo el mundo, tampoco se parece a la mayoría de los literatos, pero, eso sí, es coherente consigo misma, y su desdén por el orden convencional, la posesión y la apariencia no es sino síntoma de su indeclinable rebeldía.
Lessing pasaría el día hablando sólo de gatos, pero hay que abordar otros de sus temas capitales: las mujeres, los adolescentes, el racismo, el compromiso político, la doctrina sufí, las experiencias extrasensoriales, la ciencia-ficción.
–Su obra es una verdadera enciclopedia de las mujeres.
–Así es –reconoce con la sencilla satisfacción de una cocinera a quien le alaban el guiso de lenteja–, pero no, no participé de los movimientos feministas. No estoy en desacuerdo en general, pero nunca necesité integrarme a ellos para tomar conciencia. Para eso basta con indagar en los personajes femeninos de los grandes novelistas –Tolstoi, Stendhal– y, simplemente, mirar alrededor. Mi madre, por ejemplo –y conste que no la critico– fue todo un modelo de frustración, una vida desperdiciada. Sé que actualmente la situación es muy dura en muchos países donde las mujeres tienen que partir de cero, pero en Inglaterra vivimos una era posfeminista, las luchas iniciales se libraron hace mucho tiempo. Por otra parte, los problemas de la mujer se reducen a uno solo: la independencia económica, que se gane la vida con su trabajo.
Y también de eso Lessing sabe mucho. Adolescente, desertó de la modestísima chacra familiar y pidió trabajo en una oficina en Salisbury. "No tenía título ni de bachiller, pero cuando su madre le contó al jefe todos los libros que había leído Doris, la contrató inmediatamente", cuenta un testigo. Luego fue autodidacta en diversas habilidades, como taquígrafa y mecanógrafa. En el duro Londres de posguerra, ya separada, conciliaba el trabajo literario con la crianza de sus hijos y tareas de oficina por horas.
–Fui a la escuela sólo hasta los catorce años, no seguí estudios regulares. Al fin y al cabo, a los jóvenes se los atiborra de conocimientos inútiles, cuando en realidad lo único que necesitan aprender es matemática e idiomas. Es lo que más les haría falta para desenvolverse en el mundo en que vivimos, que es malo, y en el que viviremos, que sin duda será peor. Por otra parte, a veces me pregunto si los jóvenes se dan cuenta de una característica –que quizá no dure– de nuestra época: uno tiene al alcance de la mano cualquier libro que busque. Yo desgraciadamente no sé idiomas, además viajé muy poco, pero ahora me anoté en una academia del barrio y estoy estudiando ruso. Es simpático eso de volver a sentarse entre estudiantes, con pizarrón al frente y todo.
Es un tanto extraño que lo decida ahora, cuando hace rato que emigró del Partido Comunista, noviciado burocrático que ha descripto kafkianamente, sobre todo en Cerco de tierra.
–Fui militante comunista durante bastante tiempo, creo que por entonces los jóvenes progresistas en Sudáfrica no teníamos otra opción, pero a la larga y entre otras cosas me di cuenta de que el comunismo no ofrecía soluciones ni respuestas a una serie de inquietudes sin las cuales el ser humano resulta muy recortado. No, no es que ahora crea en una religión determinada, aunque suela recomendar la lectura de los libros sagrados de distintas religiones. Claro que sé muy bien hasta dónde, con el pretexto de la devoción, se practican siniestras maniobras represivas y retrógradas... los mulás, por ejemplo..., ¿saben qué es un mulá?
–¡Por supuesto! También sospechamos lo que es un ayatollah.
–En cambio me interesó, desde hace tiempo, en las diferentes vías de espiritualidad, de contemplación. ¿Ve? Todos estos son libros de sufismo.
(Misteriosamente intercalado entre ellos hay uno de Borges.)
A lo largo de su obra, y en especial en La ciudad de cuatro puertas (último tomo de Hijos de la violencia), cuenta experiencias que podríamos denominar, a la ligera, esotéricas. Entre otras cosas, atribuye a la concentración y a la telepatía propiedades terapéuticas para aliviar esos comportamientos anómalos caratulados como enfermedades mentales.
Quizá sólo lo irracional pueda salvarnos del caos irracional en que vivimos: prácticas místicas o extrasensoriales, telepatía, locura, mensajes oníricos.
En páginas hilarantes de El cuaderno dorado, Lessing ha bordeado el enloquecido mundo de la TV y el cine. Escribió alguna vez libretos para la BBC, y ahora está en proyecto una versión cinematográfica de Memorias de una sobreviviente, en Estados Unidos.
–Con Julie Christie como protagonista, ¿se dan cuenta? –comenta con horror por una elección que le parece desatinada–; pero en materia de cine un autor tiene que resignarse. Si trata de luchar, está perdido: cuanto más quiera intervenir para defender su obra, peor le irá. En eso sigo el consejo de un amigo: "Cobra tu dinero y sal corriendo".
Y Lessing, que al principio no parecía dispuesta a sacrificar demasiado tiempo en una entrevista que quizás hubiera sido ardua y breve sin la mediación de Suzy, coopera de pronto, con aire de abanicarse en el patio:
–¿De que más podríamos conversar?
Prometió en un libro que jamás tendría servidumbre, escarmentada por los abusos esclavistas cometidos en su Rhodesia. Y atiende el teléfono y el timbre, prepara café en su kitchenette, cose, hace jardinería y cuida personalmente el bolsillo ajeno: ha dado a las visitas complicadísimas instrucciones para llegar en subterráneo. Al fin no quiere despedirlas sin que conozcan a sus otros gatos, que se mantienen ausentes, pocos serviciales.
–¿No tiene quien la ayude? –pregunto.
–No..., abajo viven unos amigos, pero no tengo empleada ni ayudante ni secretaria ni copista ni agente literario ni nada.
–Pero quizá necesitaría de alguien que...
Lessing interrumpe y, sabiendo por experiencia que tal variedad de tareas sólo puede desempeñarlas una mujer, ni hablemos de la mujer de un escritor u otra celebridad masculina, afirma con travieso humor.
–Lo que necesitaría es "una esposa".

Esta entrevista, publicada en Buenos Aires en febrero de 1981 e incluida posteriormente en el libro Viajes y homenajes (Punto de Lectura) se reproduce por gentileza de la autora y de la editorial.
(Esa foto es del día que le anunciaron que la habían premiado con el Nobel de Literatura, la semana pasada. Gentileza: RADAR!)
Recomendación para adictos a series
http://blogs.elpais.com/espoiler/ (Gracias a la nota de Página 12 de hoy!)
martes, octubre 09, 2007
apotegma
(Del lat. apophthegma, y este del gr. ἀπόφθεγμα).
1. m. Dicho breve y sentencioso; dicho feliz, generalmente el que tiene celebridad por haberlo proferido o escrito algún hombre ilustre o por cualquier otro concepto.
Real Academia Española
1. m. Dicho breve y sentencioso; dicho feliz, generalmente el que tiene celebridad por haberlo proferido o escrito algún hombre ilustre o por cualquier otro concepto.
Real Academia Española
Suscribirse a:
Entradas (Atom)